loco
ventana de un loco

De pronto pasa algo… Algo que te hace plantearte de nuevo todo. Alguien dice una frase, habla sobre una persona y tu mente vuelve a ir a marchas forzadas, igual que cuando estabas loco. Y todas esas frases que durante meses has conseguido frenar retumban de nuevo en tu cabeza. ¿Y si es cierto? ¿Y si tienen razón? Imagínatelo por un segundo…

Imagina que esa persona realmente nunca sintió nada por ti, que era un juego. Imagina que, todas esas conversaciones que tuvisteis, esos momento de complicidad, esa intimidad, esa conexión, solo estuvo en tu cabeza. Imagina que todo lo que has dicho y hecho desde que os separasteis no está justificado. Imagina que experimentas el daño que has hecho en tu propia piel, que lo vives cómo si alguien te lo hubiese hecho a ti. Imagina el dolor, las consecuencias, las repercusiones en tu entorno, los problemas que te habría causado… Sin duda, si todo estaba en tu cabeza, solo puede significar que estás loco, eres una persona horrible, o quizá ambas. Loco y mala persona…

Imagina por un segundo que las personas que tanto te cuidaron saben que todo fue producto de tu imaginación. Imagina la decepción, el dolor que les habrá provocado. Imagina que todas y cada una de las cosas que has hecho y dicho no están justificadas. Imagina el dolor que has provocado con cada nueva acusación, con cada comentario, con cada acto. Imagina que entiendes y vives todo cómo si fueses la otra parte. Imagina que alguien a quién considerabas tu amigo te hace todo eso. Imagino cómo tiene que doler.

Ahora deja de imaginar, y acepta. No sabes nada, nunca lo has sabido. Crees que eres muy íntegro, pero ya dudas hasta de ti y no descartas que estés loco, o seas una mala persona, o ambas cosas. Un loco que es mala persona. Y ya no puedes cambiar nada, porque las palabras no se olvidan, los actos no se difuminan y los daños ya están hechos. Cuesta mucho levantar puentes, pero tan solo un segundo destruirlos. Y no vale que pienses en quién hizo bien qué… Eso no puedes cambiarlo. Lo único que puedes hacer es mirarte al espejo, preguntarte si todo el dolor y sufrimiento que has provocado ha tenido sentido, fijarte en tus errores y obsesionarte con ellos. Pensar una y otra vez, sin descanso, hasta que la mente acabe rendida. Tratar de comprender cada paso en falso, con el fin de no volver a cometerlo con nadie nunca jamás. Porque sabes que puede volver a pasar, que hay algo que no funciona y que puedes volver a cometer los mismos errores. Y te obsesiona. Una y otra vez, hagas lo que hagas, vivas lo que vivas, todo te recuerda a esas personas a las que tanto daño has hecho. Nombres de tiendas, comidas, olores, palabras, momentos… Todo. Y quieres que la cabeza deje de torturarte, pero ya has caído en su trampa: ahora estás seguro de que tú eres culpable, de que hiciste tal o tal cosa mal, y no te lo perdonas. Eres consciente de que ya da igual si otros te perdonan o no: el problema eres tú. Has fallado. Has roto tu sistema de creencias, no has actuado según tus valores, y eso te consume. Y sabes que te consumirá siempre.

Y das pasos, lo intentas, pero esas voces siempre te alcanzan, te atormentan y retumban en tu cabeza. Y ya les das crédito. Vuelves a pensar en que tienen razón, que estás loco, o que eres mala persona. O las dos cosas. Y no ves salida… No hay escapatoria porque, al final, la trampa es tu propia cabeza… Y no hay manera de huir de ella. Sientes cómo pierdes el control, como los estribos se escapan entre tus manos, y cómo la mente se quiebra. Y vuelve ese dolor que tanto te destroza… Has sufrido muchas veces, pero te enfrentabas a enemigos que estaban fuera de tu cabeza. Pero ahora, el enemigo es tu mente: las voces, las sombras, el cargo de conciencia, los errores, el pasado, las dudas… Todo está en ti, y tras meses y meses de terapia no paras de preguntarte: “está sirviendo de algo”. No debería ser tan difícil, has pasado cosas mucho peores, pero contra esta te sientes cómo un niño pequeño: desvalido, inerte, vulnerable, solo y asustado. Y vuelven las dudas, los pensamientos horribles y los gritos a tu cabeza. Pero ya los has escuchado antes, sabes que no hay que hacerles caso. Sí, puede que las voces tengan razón, pero no puedes borrar tus errores, tus locuras o tus palabras. Solo puedes mirarte al espejo y ver la imagen que te devuelve, que te desagrada. Y tratar de aguantar el tipo para que las voces se cansen, mientras tú piensas una y otra vez en todos tus errores para tratar de no cometerlos otra vez. No servirá con las personas que has perdido, eso está claro, pero al menos esperas no seguir perdiendo más y, en especial, no perderte a ti mismo.