“La leyenda de la pintora de atardeceres y la pastora de estrellas”

J.F. Acroll.

Los amaneceres y el ocaso no siempre existieron en el mundo. Hace años, antes de que el hombre poblase los campos y el halcón surcase el cielo, la tierra era yerma. El mundo estaba sumido en una absoluta oscuridad. Un manto de penumbra cubría cada rincón, desde el norte hasta el sur, desde la más alta cumbre hasta el valle más profundo. Fue entonces cuando los dioses decidieron crear la primera luz y al primer ser vivo. Pintaron en lo más alto del cielo un pequeño punto brillante y dieron vida a Dorabel, una ninfa, que se encargaría de proteger al Sol. Éste permanecía quieto en el cielo, con la bella Dorabel de cabellos de cobre a sus pies. Pasaron los años y la hermosa ninfa, de cabellos cobrizos y ojos profundos, llevó a cabo su tarea con ardor y tesón. Pero pronto la ninfa experimentó la soledad, un sentimiento que ahogaba su alma y la enfriaba hasta dejarla gélida y muerta. Rogó a los dioses que crearan vida a su alrededor y, éstos, en agradecimiento a su trabajo, inundaron el mundo de bosques, ríos, aves y bestias. Pronto la ninfa se encontró acompañada de seres que deambulaban aquí y allá. Encontró en los ojos del lobo a un fiel aliado de mirada profunda. Vio en el vuelo del águila la elegancia y el poder. El avispado búho le enseñó a aprender escuchando. Del ágil ciervo descubrió la prudencia, mientras que el salvaje río le enseñó a continuar siempre hacia delante. Pronto, Dorabel sintió a todos los habitantes del mundo como su familia y comenzó a preocuparse por ellos, mirando por su bienestar.

El poderoso Sol brillaba continuamente, abrasando con su fuego la piel de las bestias, cegando al azor mientras volaba, atravesando al río con sus crueles rayos y cruzando el bosque con su incesante esplendor. Preocupada por el malestar que el continuo brillo del astro provocaba, la ninfa recordó las enseñanzas del búho y escuchó las voces de sus hermanos.

– Busco refugio en el bosque, pues el sol no atraviesa la espesura de las hojas y logro descansar bajo su manto– dijo el lobo.

– Sólo mientras cruzo los árboles consigo que mi agua se refresque y sirva para aliviar la sed de los ciervos– respondió el río.

– No todos podemos entrar en el bosque: si nuestros rebaños permanecen aquí seremos diezmados por los lobos– replicó el ciervo.

– Descanso en las ramas de los arces, pero necesito sentir el frescor del viento en mi rostro al surcar el cielo y el sol ciega mis grandes ojos. Prefiero evitarlo a toda costa y esconderme en la sombra– explicó el búho.

Dorabel escuchó a sus hermanos y, mientras movía el sol por el cielo, pensó en lo que habían dicho. Sólo lograban descansar en el interior del bosque, pues la luz del sol se apagaba y no les abrasaba la piel. Necesitaba un bosque más grande para que hubiese espacio para todos, pero entonces no quedaría hueco para los valles, las montañas o el desierto.

Decidida, la bella ninfa habló con los dioses y les explicó el problema. Los dioses, siempre sabios, le propusieron una solución:

Haremos que el mundo sea redondo. Atarás al sol y lo llevarás alrededor del mundo, así tus hermanos descansaran de sus rayos cuando queden en penumbra.

Desde aquel día, la joven se encargaba de mover al sol alrededor del mundo, dejando en penumbra el lado contrario al que se encontraba. A esa nueva oscuridad la llamaron noche.

Pronto el cansancio pudo con la bella ninfa, pues caminaba y caminaba sin fin. Al principio todos agradecieron el respiro que les otorgaba, pero pronto empezaron a preocuparse por la ninfa, así como a quejarse por la penumbra absoluta.

– No encuentro el camino a seguir para llegar al mar. Choco con las rocas e inundo la espesura del bosque– dijo el río.

– Somos víctimas fáciles del lobo. Nos cerca en la noche y mata a nuestras crías– se quejó el ciervo.

– Cazar en la noche es peligroso, caemos por los riscos mientras perseguimos al ciervo y tememos por nuestros lobeznos– replicó el lobo.

– No aguantarás mucho tiempo, Dorabel. Caminas sin descanso y nadie está aquí para ayudarte– se compadeció el búho.

La joven Dorabel, abatida por su mala decisión, volvió a pedir su ayuda a los dioses, convencida de que la única solución era eliminar la noche.

Los dioses, conscientes de que el problema entristecía a su hija, le regalaron la Luna. Así, mientras en la mañana el Sol brillaba en los cielos, la Luna hacía lo propio en la noche, al otro lado del mundo. No brillaba con luz propia, pues el único que desprendía luz era el Sol, pero reflejaba la luz que éste emitía. Además, los dioses enviaron al mundo a una nueva ninfa, Veristenela, que se encargaría de mover la Luna mientras Dorabel transportaba el Sol. Para evitar su cansancio, les regalaron las nubes y las estrellas. Dorabel podría viajar sentada en las nubes, arrastrando consigo al Sol, mientras que Veristenela podría saltar de estrella en estrella mientras paseaba a la Luna.

Tan sólo se veían unos minutos en el ocaso, pero fue suficiente para que Dorabel se enamorase de la bella Veristenela. Sus cabellos color bronce aparecían cada noche en el horizonte, permitiendo que Dorabel la viese unos pequeños minutos durante el ocaso. Veristenela parecía perdida en sus obligaciones, por lo que no reparaba en su compañera.

Desolada y rota de dolor por no ser correspondida, Dorabel comenzó a volverse triste y taciturna. Los animales del bosque no tardaron en percatarse del sufrimiento que angustiaba a su hermana, por lo que pronto hablaron con ella para averiguar la causa de su pena.

Me siento sola en este mundo. Veo como la loba está rodeada de sus lobeznos, mientras que su amado lobo los observa feliz. Todo el mundo ha sentido el amor y ha sido correspondido, pero yo no tengo a nadie cerca que lo haga. Veristenela sólo mira a la hermosa Luna, y no hay nada que pueda hacer para luchar contra la belleza de su brillo.

Tienes a las nubes: crea atardeceres para ella. Utiliza los colores del bosque, la magia de las montañas y las entrañas de la tierra. Crea amaneceres con el brillo de los metales, el sonido del viento y la canción de los arroyos. Nosotros te ayudaremos- propuso el Búho.

Así, Dorabel comenzó a recopilar ingredientes en una cueva. Encontró el cobre en las entrañas de la tierra. Una vez pulverizado, lo utilizó para teñir las nubes del ocaso, llenando de pasión la puesta del sol. Descubrió el dorado latón, cuyo brillo iluminaba los amaneceres del invierno. Roció con polvo de bronce los atardeceres del otoño, pintando las nubes de dulzura y deseo. Pedía al viento que soplase sobre las nubes, creando dibujos y formas repletos de magia y belleza. Rogó al río que cantase su canción más hermosa al paso de Veristenela, mientras que el lago reflejaba la belleza de los atardeceres que Dorabel pintaba para ella. Hizo que los océanos refulgiesen con los destellos que el polvo de latón provocaba en la aurora, deslumbrando a la bella Veristenela con su encanto.

Pasaron los días hasta que, una mañana, mientras Dorabel pintaba una nube mezclando varios metales, Veristenela apareció por su espalda.

– La belleza de los ocasos y las auroras que pintas es cada vez mayor… Me preguntaba qué es lo que te inspiraba– dijo la hermosa ninfa esquivando la mirada de Dorabel.

Es…es…tu cabello. Me recuerda al cobre de las montañas, mientras que tus rizos me recuerdan a la canción del río y tu sonrisa a las cumbres nevadas.

La bella Veristenela se ruborizó.

He de marcharme, la Luna y el Sol están a punto de chocar– alcanzó a decir, titubeante, al tiempo que comenzaba a correr.

Dorabel permaneció inmóvil, sorprendida por la aparición de la bella ninfa y atemorizaba por haberla asustado.

A lo lejos, el Búho había estado observando. Vio en los ojos de la ninfa del Sol una profunda tristeza que quebró el corazón del ave. Aquella noche, visitó a la ninfa Veristenela, que jugueteaba en una cascada.

– He visto tu mirada al hablar con Dorabel. Soy viejo y he conocido muchas historias de amor como para saber que sientes algo por ella, ¿por qué huyes entonces?- inquirió bruscamente el pájaro.

Tengo miedo a no poder regalarle nada tan bello como sus atardeceres. No tengo nubes para jugar con ellas, y aunque ella ve en ocasiones a la Luna, su brillo no es tan fuerte como el del Sol para poder deslumbrarla.

– No tienes nubes, pero sí tienes estrellas. Juega con ellas. Dibuja formas para Dorabel y así ella sabrá que también la amas. No pierdas la oportunidad de enamorarte, pues es uno de los sentimientos más bellos que sentirás- respondió el sabio búho, feliz de saber que el amor de Dorabel era correspondido por la alegre Veristenela.

Así, la bella ninfa de cabellos color bronce comenzó a jugar con las estrellas. Creó poco a poco grupos en el cielo a los que dio forma, dando vida a las constelaciones. Le regaló a Dorabel animales, como la liebre, el cisne o el lobo, pues sabía que la hermosa ninfa amaba a sus hermanos sobre todas las cosas.

Pasaron noches, días, edades y lamentos, pero Dorabel no daba señal a Veristenela de haber visto su regalo. Una vez más, el sabio búho intervino, sabedor de que el cometido de la ninfa le impedía ver el cielo estrellado de las noches, pues siempre vivía bajo el egocéntrico Sol, que no permitía que ninguna otra estrella se viese ni en los ocasos ni en los amaneceres.

– Querida Dorabel, tienes cara de cansada. Deja que me encargue yo del sol por un día. Lo arrastraré volando y mientras tú podrás descansar. Todos están encantados con las figuras que pinta Veristenela por las noches, deberías verlas…-explicó el búho.

– Me encantaría acudir a verlas, seguro que si son tan bellas como su sonrisa quedaré atrapada por su hechizo, pero no debo descuidar mi deber. Los dioses me encomendaron una tarea y sólo yo debo desempeñarla– respondió entristecida Dorabel.

– Nada ocurrirá, será tan sólo una única vez. Dicen que hay alguien que inspira a Veristenela en sus dibujos…-dejó caer con picardía el búho.

Dorabel sintió como el corazón le palpitaba como mil caballos salvajes y, aun a sabiendas de que podría costarle caro, aceptó la proposición de su amigo y acudió aquella noche junto al lago para observar las estrellas de Veristenela. Allí observó cómo su amada había pintado el cielo formando figuras que representaban animales. El titilar de las estrellas se reflejaba en el lago, mientras que la Luna parecía danzar en las orillas. Abstraída por la belleza de la imagen, la ninfa de cabellos de cobre no alcanzó a ver que su amada Veristenela se acercaba por sus espaldas, envolviéndola con sus brazos y tapándole los ojos.

– ¿Quién soy? – preguntó tímidamente.

– Eres la que ha pintado el cielo de la noche de magia. Eres la que da sentido a mi existencia, la que me da fuerza para arrastrar al sol e inspira mis pinturas en el amanecer. Eres mi vida…

Girándose, Dorabel y Veristenela se fundieron en un abrazo que lleno de alegría los corazones de todos los habitantes del mundo, que vieron nacer un amor profundo, puro y tremendamente hermoso.

Pero no todo es belleza y amor en la tierra…

El búho, que arrastraba volando al pesado sol, desvío la mirada un segundo para dirigirla al lago e intentar observar el mágico momento, con la mala fortuna de que el astro chocó contra las montañas, provocando un terrible incendio.

Pronto, el bosque y los árboles comenzaron a sufrir el desgarro producido por las llamas. Los corazones de las bestias crujían, los aleteos de las aves surcaban el cielo, huyendo de la muerte y las brasas. El río luchaba contra su mayor enemigo, intentando salvar la vida de su amado bosque, pero sus esfuerzos eran inútiles. Mientras, las ninfas sintieron que por su atrevimiento habían provocado daño a los que más amaban del mundo: sus hermanos. Dorabel, aterrorizada por el dolor y la muerte que su imprudencia estaban provocando, imploró a los dioses su ayuda. Éstos parecían no escuchar a la ninfa, pero ante tanto sufrimiento no pudieron evitar romper a llorar, dando vida a la lluvia.

Pocos a poco las lágrimas de los dioses calmaron la sed del fuego, apagando sus virulentas llamas y devolviendo la paz al bosque. Fue un momento cruel, pues un momento tan bello como el primer beso de dos enamoradas fue sacudido por los negros brazos de la muerte. Muchos perecieron aquella noche, mucho fue destruido, pero más aún estaba por desaparecer…

Los dioses, furiosos con su hija por haber fallado en su tarea, decidieron castigarla de forma ejemplar. Locos de furia y rencor, prohibieron a Dorabel volver a ver a su amada Veristenela para siempre. La ninfa suplicó, rogó que acabasen con su vida, juró y perjuró que jamás volvería a descuidar al sol, pero un sentimiento horripilante había anidado en el corazón de los dioses: el rencor. El sabio búho, que había dañado al sol con su despiste, fue condenado a habitar en la oscura noche por el resto de la eternidad.

Mucho se perdió aquella noche. Pronto, los pasos de Dorabel se volvieron más pesados. Las puestas de Sol se volvieron más oscuras, las auroras más frías, y la luz más apagada que nunca. Por su parte, la noche no era mejor. La Luna parecía cansada, las estrellas comenzaron a desordenarse en el cielo, e incluso el río parecía estar más callado. El mundo se sumió en una profunda pena, que poco a poco contagió a todos sus habitantes.

Ante tal castigo, los animales del mundo sintieron piedad por las ninfas. La pena inundó sus corazones y poco a poco el silencio reinó. No se escuchaban los bramidos de los ciervos, ni el aullido del lobo rompía el silencio de la noche. Los pájaros dejaron de cantar e, incluso en el lejano océano, los habitantes de las profundidades sintieron la tristeza por el castigo de las ninfas.

Todo era pesar, desazón, sonrisas forzadas y corazones congelados. La Diosa Engendradora, la Madre de la vida, sintió que la piedad se asentaba también en su alma. Era consciente de que la imprudencia de Dorabel merecía un castigo ejemplar, pero sabía que el amor que los habitantes del mundo sentían hacia la ninfa de cabellos cobrizos haría que su antes bella y alegre creación se convirtiese en un lugar lúgubre y triste. Por ello, decidió convocar ante sí a las dos enamoradas:

– Tu imprudencia ha costado cara. El sol quedará dañado para siempre, el bosque tardará años en recuperarse de sus heridas, y la confianza que los dioses teníamos en ti ha sido ultrajada con una afrenta que, posiblemente, jamás será olvidada. Pero también hay bondad en tus actos. Aceptas tu condena sin la más mínima protesta, continuando tu tarea cada día aun cuando en tu corazón sólo vive la pena y el dolor. Has servido al mundo y has pintado los más hermosos amaneceres y ocasos por tu amor, y has abrazado tu soledad y tu castigo con la más profunda de las obediencias…y eso ha conmovido mi corazón. Sois dos seres hermosos, llenos de luz, ternura y amor, y es ese amor el que os ha llevado a comportaros de una forma imprudente y egoísta. Pero también ese es el amor que os hace ser merecedoras del cariño que todos los habitantes del mundo os profesan. No puedo levantaros la condena, pues ha de servir de ejemplo para el resto: cada cuál ha de asumir su tarea. Pero permitiré que, en ocasiones, os encontréis. La Luna ocultará el brillo del Sol, creando una nueva luz, llena de pureza y amor. Pintaréis esos momentos con cobre, bronce, latón, caricias, pasión y pureza. Esa nueva luz será llamada eclipse, pues es fruto del amor que en su día os eclipsó y os hizo descuidar vuestras funciones, y será tan bella que todos los habitantes del mundo la esperarán ansiosos, al igual que vosotras vuestro reencuentro.

Poco a poco las voces de bestias, aves, río y viento volvieron a sonar. Poco a poco todo volvió a la normalidad. Dorabel encontró de nuevo la ilusión para regalar a su amada Veristenela los más bellos ocasos, saltando de nube en nube y rociándolas de polvos extraídos del cobre, el bronce o el latón. Por su parte, Veristenela continuó creando las más hermosas figuras en el cielo, contando historias a su amada ninfa Dorabel a través de ellas. Saltaba de estrella a estrella y las iba atando con sus cabellos de bronce para crear osas, cisnes, cangrejos y peces que regalaba al amor de su vida.

Sus encuentros eran escasos, pero todos los habitantes del mundo los esperaban con impaciencia. Cuando el brillo del Sol era tapado por la hermosa Luna, las figuras del cielo y los colores de las nubes se fundían en uno y, desde el más viejo de los lobos hasta la más joven de las liebres sabían que, en algún lugar, dos hermosas ninfas se fundían en un sinfín de besos, abrazos, risas, lágrimas, sueños y esperanzas. Cuando la luz del eclipse inundaba el bosque, todos sabían que, en algún lugar, los cabellos cobrizos se enredaban con el bronce para dar rienda suelta al más puro de los amores.

Esas noches, el sabio búho no podía evitar sonreír, consciente de que su percance conduciendo el Sol había alimentado la pasión de un amor prohibido. Él, por su parte, se acurrucaba en su rama y cantaba feliz en la noche: no en vano, siempre prefirió la oscuridad a los cegadores rayos del sol de mediodía.