Hace menos de una semana salí con un grupo de amigas y desde entonces no paro de darle vueltas a algo. En un momento dado, yo fui al baño y ellas se quedaron allí, bailando y riendo. Al salir, un grupo de hombres estaba rodeándolas. No les decían nada, y mis amigas seguían a lo suyo. Eso fue lo que más me sorprendió. Mientras varios tíos las miraban como si fuesen sus presas, ellas seguían bailando, riendo, divirtiéndose. Entonces me asusté. Ellas han tenido que acostumbrarse a que si quieren salir, eso es lo que les espera.

Es asqueroso. Y no es asqueroso que ellas sigan con su vida, saliendo, haciendo lo que les da la gana y viviendo en libertad. Es asqueroso que hayan tenido que acostumbrarse a que mientras se divierten con sus amigas, haya tíos (no todos, por suerte) que las observen como el león que caza a su presa. Es asqueroso que eso parezca lo normal. Tíos que se les acercan sin educación ni respeto a decirles guarradas. Tíos que las cogen y bailan con ellas y que, si alguna pone mala cara, encima se ofendan. Tíos que no les dicen nada, pero que las miran desde una esquina durante horas.

Y entonces llega la sentencia de ese grupo de amigos que se autodenominan “la manada”. Y entiendes la razón por las que tus amigas se han tenido que acostumbrar a salir y enfrentarse a eso. Los jueces lo han dejado muy claro hoy. Por ser mujer en España tienes dos opciones: pues escoger estar muerta, o si lo prefieres y tienes un pequeño aprecio a tu vida puedes escoger ser humillada. Humillada por ser violada por cinco bestias pardas que te obligan a hacer lo que ellos mandan por pura diversión. Humillada por denunciar y enfrentarte a preguntas en las que lo que se cuestiona es tu ropa, tu actitud ante las barbaridades que hacían o decían o tu forma de seguir adelante con tu vida. Humillada porque aun cuando has tenido el valor de exponerte públicamente, se te dice que no has sido violada, que ha sido simplemente acoso.

No, queridos jueces. Acosadas fueron mis amigas la semana pasada cuando estábamos de fiesta. Y si empezamos a preguntar a la víctima si se encargó de dejar claro que no quería ser violada, hagamos las mismas preguntas a todos. Por ejemplo, preguntemos a un asesinado si dejó claro que no quería morir. O preguntemos a los ciudadanos si dejaron claro que no querían que el partido político x les robe sus impuestos. También podemos preguntarle a Marta del Castillo si ella dejó claro que quería seguir viva. O a Gabriel si él quería ser jugando. Podemos preguntarle a Diana si quería acabar en el fondo de un pozo. O a Nagore. Podemos hacer preguntas estúpidas, o darnos cuenta de la realidad.

La realidad es que si hay diez brazos sujetándote y cinco pollas apuntándote, tu objetivo está muy claro: aferrarte a la vida. Tu actitud es evidente: llorar y pedir que acabe pronto. Tu forma de afrontarlo es aterradora: o sigues adelante o te sientes una mierda. Tus palabras son sencillas: respondes con silencio. Si diez brazos te sujetan en un callejón oscuro no piensas en resistirte. Si cinco pollas te están violando mientras diez brazos te sujetan tu mente tiene un único objetivo: sobrevivir.

Quizá podemos darle la vuelta a las cosas. Podemos decirle a ese juez o a los que escriben las leyes que ahora imaginen que la violada es su sobrina, su hija, su mujer o su hermana (a ver si así son capaces de mostrar algo de empatía, porque lo de respetar a una mujer por el simple hecho de ser persona parece que no se estila mucho). Y que tienen que escoger. Es un juego sencillo, solo hay dos opciones. Su sobrina, su hija, su mujer o su hermana tendrá que escoger: “¿Qué prefieres, muerta o humillada?”

Ni muerta ni humillada: viva, libre e igual. Y si ustedes no entienden eso, igual necesitan que millones de ciudadanos salgamos a las calles a dejárselo claro.