Querida Mónica Naranjo,

Sé que nunca leerá esto, y en realidad no lo escribo con ese fin. Soy su seguidor desde hace años, me gusta su voz y su música y creo que es usted una bestia televisiva. Tiene muchos años de experiencia, eso es indudable, y no creo que haya muchos artistas en este país que puedan compararse a usted, ni por talento ni por éxitos en su carrera. Es usted maravillosa, siempre lo he dicho y siempre lo diré, pero también se equivoca. O mejor dicho, en ocasiones puede que no exprese lo que quiere decir realmente.

Ayer durante la Gala 10 de Operación Triunfo, mientras hablaba con Aitana, creo que sus palabras no fueron apropiadas. Creí entender que, en el fondo, lo que pretendía decirle a Aitana era que la vida era difícil, que el hecho de que Cepeda haya salido del programa no es tan dramático y que debe ser fuerte y concentrarse. Estoy seguro de que esa fue su verdadera intención, y comparto con usted esa idea. Pero creo que las palabras no fueron las correctas. No por el tono, ni por el cariño con el que lo decía, porque en el fondo todos sabemos que su forma de juzgar a los concursantes es, en realidad, una manera de prepararlos para el mundo real, ese en el que vender un disco, un libro o una película supone una batalla cuerpo a cuerpo. No, su error fue por lo que dio a entender. Sinceramente, cuando lo escuché me dio la sensación de que estaba juzgando a Aitana por llorar, por sentirse desamparada, por encontrarse sola, por echar de menos, por no ser tan fuerte como fue usted a su edad al irse a México, por reclamar cariño, por fallar, por ser, en definitiva, humana.

No quisiera ofenderle (algún día, si mis libros se convierten en películas o series, me encantaría que su música estuviese presente, como la de Barei, que me retwittea cuando le pido ayuda por redes sociales para darlo a conocer y simplemente con eso merece todo mi respeto y agradecimiento). Ni mucho menos, pero creo que sí es oportuno que dejemos claro una cosa. Se puede llorar. Es más, se debe. Da igual la razón, no importa si es por echar de menos a un amigo o porque has tenido un mal día. Da igual si es porque tienes un problema laboral, de salud o simplemente porque tu día ha sido una mierda. Da igual si eres hombre o mujer, los hombres también lloramos, y eso no nos hace menos hombres, pero sí más humanos. No importa la razón, querida Mónica Naranjo, lo que importa es lo que se consigue. Conseguimos expresar, conseguimos liberarnos, conseguimos seguir adelante, conseguimos seguir vivos, conseguimos cariño, pero también que los nuestros sean claros con nosotros. No debemos conseguir lástima, ni compasión, pero sí apoyo y abrazos.

Llorar no es malo y, en ocasiones, llorar hasta que duelan las entrañas y el corazón se queda seco es lo único que nos salva. Basta de criminalizar el llanto (esto no va por Mónica Naranjo, va por la sociedad en general), de asociarlo con lo femenino, de considerar que alguien que llora es menos fuerte o no está capacitado para echarle narices y hacerle frente a la vida. No. Llorar es vivir, es ser humano, y es seguir adelante. Llorar es, querida Mónica Naranjo, la forma de curar heridas para aquellos que lo necesitan. Quizá, si hubiese llorado en su etapa en México, todo habría sido más fácil. Eso nunca lo sabremos, y todos nos alegramos de que, llorase o no, consiguiese seguir adelante y regalarnos su música y su talento.

En cualquier caso, con llantos o sin ellos, creo que lo que usted hace en Operación Triunfo es muy necesario: es la representación de la realidad. Hace ver a chicos jóvenes que las cosas no son fáciles, pero que con trabajo y esfuerzo todo se consigue y que, aunque haya dificultades, si se sigue adelante siempre se cumplen los sueños. Y eso, señora Naranjo, es lo más importante. Independientemente de que durante un directo no escoja las palabras más apropiadas para expresar sus ideas. Por esa labor, y porque en el fondo todo lo que le dice a los concursantes es una muestra de su amor, le doy las gracias y le recuerdo que, en otros momentos, la emoción que ha sentido al escuchar cantar a un concursante le ha arrancado alguna lágrima. Y eso, en definitiva, es muy humano.