Hospital Virgen de las Nieves, Granada. 02 de Septiembre de 2017.

Son casi las doce de la noche del día 02 de Septiembre de 2017. Iba a irme a la cama, puesto que llevo en el Hospital Virgen de la Nieves de Granada desde antes de las 12 de la mañana junto a mi madre. Estoy cansado, pero he pensado que ustedes tienen que estarlo más, así que estoy haciendo el esfuerzo de escribir esto antes de irme a dormir. Al fin y al cabo, a muchos de ustedes les quedan varias horas por delante para acabar su guardia.

Esta mañana, tras intentar acudir a dos centros de salud (uno de ellos vacío puesto que el poco personal que había estaba en una emergencia, por lo que habían salido y dejado el centro cerrado y el otro directamente cerrado a cal y canto), hemos conseguido que nos atendiesen en el centro de salud de la calle Poeta Gracián. Y allí estaba usted. Cuando me ha visto entrar, en primer lugar me ha sonreído. Creo que no le he dicho ni buenos días…Discúlpeme, estaba nervioso y asustado. Mi madre se ha levantado algo asfixiada, pero para cuando hemos llegado al centro de salud ya casi no podía respirar. Le he pedido una silla de ruedas porque cualquier esfuerzo era un mundo para ella y le he explicado brevemente lo que le pasaba. Creo que no he sido muy claro. Resumir 6 años de lucha contra el cáncer no es fácil, créame. Ya casi ni recordamos cómo empezó todo, simplemente encajamos los golpes y seguimos adelante intentando reírnos y seguir unidos, aunque a veces es difícil. Cuando le he dicho que mi madre no podía respirar, usted ha hecho un milagro. Se ha puesto en pie, ha cogido la silla y ha venido a por mi madre para llevarnos a la consulta de enfermería en la que tenían que atendernos. Esa parte era fácil, lo que no era tan fácil es lo que ha conseguido en los escasos metros que nos separaban de Admisión a la consulta: usted ha conseguido que lograse calmarme. Cuando una persona enferma de mieloma múltiple con dos trasplantes de médula no puede respirar, a veces el mal salta al resto de la familia y perdemos el sentido. Está mal, tenemos que intentar aguantar el tipo, pero a veces es tan difícil…

Usted ha sido amable, a pesar de que creo que ni le he dado los buenos días. Y gracias a su amabilidad he pensado que ya estábamos bien, que iban a atendernos y que mi madre podría respirar mejor…No ha sido así.

Ha entrado otro paciente que estaba peor, y como es lógico tenían que atenderlo antes. Mi padre ha discutido un poco con un enfermero, porque al preguntar si iban a tardar mucho más o si preferían que nos fuésemos al hospital el enfermero ha dicho que estaban atendiendo una cuestión de vida o muerte. Mi padre no pretendía criticar su trabajo, simplemente intentábamos no entorpecer. Pedimos disculpas, puesto que entendemos que ese paciente era prioritario…Espero de corazón que esté bien.

Entonces usted ha hecho su segundo milagro. Yo, otra vez nervioso, he vuelto a levantarme y a dirigirme a admisión, y allí estaba usted, señor de la camiseta roja. Cuando le he preguntado si era mejor que nos fuésemos, usted ha vuelto a hacer su magia. Se ha levantado, ha ido a la consulta 1, y luego me ha acompañado para recoger a mi madre y meterla directamente a la consulta. Y una vez más, ha sido amable conmigo.

En la consulta 1, nos ha atendido una doctora (no recuerdo su nombre). Ella también ha hecho magia. Ha reconocido a mi madre, nos ha dicho que estaba grave, que teníamos que ir a urgencias del Hospital Virgen de las Nieves y que tenía una infección en el pulmón. Pero además, ha sido encantadora. Ha vuelto a conseguir que nos calmásemos. Ha sonreído, ha sido amable y, cuando salía y le he dado las gracias por ser una de esas personas que hacen que la sanidad pública andaluza funcione, me ha puesto la mano en la espalda, y una vez más me ha reconfortado.

Antes de irme, he vuelto a Admisión para dejarle la silla a usted, señor de la camiseta roja, y no he podido evitar darle las gracias. Creo que le he dicho algo así como que gracias a gente como usted funciona la sanidad pública andaluza. Usted me ha dado una palmada en el hombre, y ha seguido siendo amable con los pacientes (algo que me consta, porque horas después ha recibido también a mi tía).

Al llegar al Hospital Virgen de las Nieves, la magia ha continuado. En un primer lugar, con la señora que nos ha atendido en Admisión, que al ver a mi madre la ha mandado directamente a otra consulta para que la reconocieran (creo que ha sido la 3, pero han sido tantos números a lo largo del día que ya no lo recuerdo).

Ahí, nos ha atendido una enfermera encantadora, que nos ha dirigido a la consulta 11. Allí nos han atendido dos médicos. Una chica, residente de primer año, y otro muchacho algo mayor (¿¿¿residente de segundo???¿¿¿Adjunto???). Han sido amables, atentos, delicados, cuidadosos y, en especial, humanos. Eso también es magia. Tan mágico ha sido que, una vez más, al salir les he dado las gracias por su amabilidad. En la consulta de enfermería número 10 nos han atendido otras dos mujeres, que le han puesto aerosoles, oxígeno y más medicación a mi madre, además de estar atentas a su mejoría en todo momento.

La R1 que nos ha atendido, cada vez que salía me ponía una mano en el hombro con delicadeza y me preguntaba si mi madre se encontraba mejor. Te lo agradezco profundamente. De corazón. Por desgracia hemos tenido que pasar muchas horas en hospitales, y cuando alguien se preocupa por ti y demuestra ser humano es algo que llega a lo más profundo del alma. Seguro que te queda mucho por aprender de medicina, pero de humanidad ya sabes mucho. Nos has preguntado si necesitaba calmantes, si queríamos que la cambiasen de silla, si respiraba mejor…La enfermera salía continuamente a revisar cómo estábamos, si veía que tardaba en llegar la orden para poner un nuevo medicamente consultaba contigo para ponerlo cuanto antes…

Y esto no es lo mejor de todo. Lo mejor de todo es que, alrededor, todo era un caos. Los pasillos estaban atestados de pacientes, los familiares no teníamos dónde sentarnos, hacía calor, había poco personal, máquinas que no funcionaban… Una señora mayor estaba diciéndole a su hijo que tenía mucho calor, que le diese aire.

Mi padre me ha preguntado si teníamos un abanico para dejarle (yo estaba haciéndole aire a mi madre con uno que ella llevaba en el bolso). He rebuscado, pero no teníamos más. La mujer seguía pasando calor, así que me he agachado junto a mi madre y le he preguntado si aguantaba un rato sin aire para poder prestarle el abanico a esa señora y que su hijo pudiese ayudarla. Mi madre, sin poder respirar y con los ojos cerrados me ha susurrado: “déjaselo”.

La cara de esa señora y de su hijo no se me olvidará.

Más tarde ha llegado otra doctora y se ha llevado a mi madre a la Sala de Críticos. Al rato ha salido a explicarnos que estaba mal, que poco a poco iba recuperándose, pero que podía empeorar (esperemos que no). Ha sido clara, pero nos ha hablado mirando a los ojos. Y lo he agradecido. El médico que me dijo que mi madre tenía un cáncer con un pronóstico muy difícil no me miró a los ojos en ningún momento. No lo culpo. Yo tenía 21 años y, al fin y al cabo, aunque yo le miraba no le veía. La vista se me nubló y todo se quedó en blanco.

Mientras tanto, por los pasillos he visto a Jesús Candel. Estaba trabajando. Mucho. Ayudando. Salvando vidas. Y además, luchando por la sanidad pública en su tiempo libre. Tengo que reconocer que he tenido que reprimir el impulso de acercarme a hablar con él y darle las gracias. “Está ayudando a la gente ahora, no es el momento de interrumpirle”. Sé que ha reconocido a mi madre, y ella me ha dicho que ha sido muy amable con ella. Gracias señor Candel, porque cuando no podemos estar con nuestros familiares, el saber que el personal sanitario los tratan como si fuesen su propia familia nos da mucha calma.

Entre tanto, yo estaba fuera. De pie. Más de 7 horas. En un pasillo lleno de camas con enfermos, sillas de ruedas con gente esperando y familiares asustados. Me ha parecido inhumano. Me han dado ganas de llorar. Me he sentado en el suelo cuando había algún hueco, aunque nunca duraba mucho porque no paraba de llegar gente y médicos, enfermeras, celadores…no paraban de trabajar. Mi padre, entre tanto, entraba y salía. No podía estar de pie tantas horas, pero fuera y sin noticias se ponía nervioso.

Cuando ya han hecho todas las pruebas, han llevado a mi madre a Observación. No sé por qué, pero la doctora que hemos visto a las 20:30 es la única de la que recuerdo el nombre. Gemma Salas. Era del servicio de Hematología. No la conocíamos pero, al igual que pasa con el resto de médicos del mismo, ha sido un encanto. Conocía el historial de mi madre a la perfección, nos ha explicado lo que tenía, nos ha tranquilizado, nos ha sonreído, se ha mostrado cercana, amable y humana…

Y cuando hemos dejado a mi madre en Observación y hemos vuelto a casa, no he podido pensar en lo que esa gente está pasando. Trabajan jornadas inhumanas (¿24 horas de turno?¿Eso no es esclavitud?), con unas condicionas horribles, falta de medios, fusiones hospitalarias, presión, estrés, sobrecarga de pacientes…

Todo lo que pasa en los hospitales de Andalucía es un milagro. Es un milagro que se salven vidas con la masificación que hay. Es un milagro que el personal sanitario pueda sonreír. Es un milagro que alguien sea capaz de calmar a un familiar por ponerle la mano en el hombro. Es un milagro que, con la maquinaria rota, las esperas no sean mil horas. Es un milagro que hayamos vuelto a mi casa y mi madre siguiese respirando.

Por eso, quiero darte las gracias.

A ti, señor de la camiseta roja.

A ti, doctora de la consulta 1.

A ti, R1 de la consulta 11.

A vosotras, enfermeras de la 10.

A ti, doctora del pasillo.

A ti, Jesús Candel.

A ti, doctora Gemma Salas.

A ti, celador, enfermera, auxiliar, administrativo, médico…

Y a ti, querida presidenta de Andalucía. A ti, querido político del partido que sea. A vosotros os doy las gracias. Sí. A vosotros también os doy las gracias. Por hacerme ver que vuestra crueldad y vuestro egoísmo desenfrenado no tienen límites. Por hacerme ver que el ser humano es capaz de hacer las maldades más repugnantes por embolsarse un puñado de cochinos euros. Por hacer que yo, un joven de 28 años, sienta repugnancia por la clase política de este país que es capaz de dejar que la gente sufra en los pasillos de los hospitales por su puta avaricia. Por abrirme los ojos y recordarme que vosotros, los políticos, no sois nada sin nuestros votos. Por abrirme los ojos y hacerme ver que, en efecto, el ser humano es capaz de las atrocidades más grandes del mundo, pero también hacerme ver que un señor con una camiseta roja puede calmar a un hijo de una forma tan sencilla. Por hacerme ver que una doctora que acaba de empezar a ejercer vale más que todos vosotros juntos. Por descubrirme que Jesús Candel es un valiente por arriesgarse a ser perseguido por vosotros, gentuza, por decir alto y claro lo chorizos que podéis llegar a ser. Por hacerme ver que la sonrisa de un médico vale más que vuestras sucias y podridas promesas. A vosotros, os deseo que tengáis que acudir a un hospital público andaluz para que os salven la vida. Y os deseo que el personal sanitario lo consiga. De esa forma os daréis cuenta de los milagros que son capaces de hacer con los medios de que disponen… ¿Imagináis lo que serían capaces de hacer con los recursos necesarios, con turnos que no sean infernales y con mejores condiciones?

Mañana a las 8 de la mañana estaré junto a mi madre de nuevo. Seguramente cansado por no haber aprovechado las horas para dormir. Pero orgulloso si consigo que al menos alguno de los profesionales que hoy nos han ayudado lee mis palabras y sabe que van dirigidas a ellos.

Mañana, a las 8 de la mañana, volveré al Hospital Virgen de las Nieves a ver cómo se hacen milagros en Andalucía.