Cuando no te quepa más aire en el pecho, huye al bosque…

Aléjate de todo aquello que nubla tu mente, observa con un poco de distancia y perspectiva y deja que el bosque te guíe. Adéntrate en lo más frondoso de la espesura, descálzate y siente las briznas de hierba rozar los dedos de tus pies. Camina hasta que no sepas dónde estás, deja que el alma del bosque entre en lo más profundo de tu ser, y respira…

Respira para fundirte con los ancestrales árboles. Respira para que tu mente se libere. Respira para que el corazón descanse y todos los problemas que te abruman huyan río abajo. 

Y es que no hay nada más reconfortante que mirar directamente a los ojos del bosque y decir, fuerte y claro: “he vuelto, sigo aquí, no me olvides, quiéreme”. 

Muchos no entenderán qué significa para ti volver al bosque, seguramente porque ellos nunca lo han sentido. Los que nunca han notado el cálido abrazo de los árboles, libres y sabios, nunca comprenderán que, para ti, el bosque es lo único que logra devolverte la sonrisa. 

Cuando tus pulmones se pegan y no te dejan respirar, cuando el corazón se encoge y la sangre no llega a tus dedos, cuando la sonrisa se difumina y se vuelve inerte y apagada, en ese momento es cuando tú podrás ir al bosque y gritar que no puedes más, que quieres parar. Y a ti, querido y añorado por el bosque, se te dará una tregua, porque respetas y amas cada pequeño rastro de vida. En cambio, a aquellos que no han aprendido a amar al bosque y a sus hermanos, nada les será concedido. Las ramas secas azotarán sus rostros, las raíces inertes tratarán de atrapar sus pies, mientras que los resbaladizos y traicioneros musgos intentan hacerlos caer…

Pero ese no será tu problema, porque cuando conoces el bosque como tú lo conoces, no temes andar descalzo y  juguetear con las briznas de hierba entre los dedos de tus pies…