Andrella acababa de atar a una de sus cabras, que había intentado escapar, a una estaca de madera clavada en el suelo. Agarró con decisión su rastrillo para continuar arando la tierra que estaba preparando para cultivar. La cabra volvió a revolverse y a luchar por escapar. La mujer, visiblemente irritada, levantó la cabeza para echar una mirada de odio a la bestia y dejarle claro que su rebeldía empezaba a impacientarla. El animal tiraba con fuerza del cordel y se movía nerviosa. Cuando la mujer se acercaba, esta vez algo extrañada al percatarse de que nunca había visto ese comportamiento en ella, empezó a escuchar gritos y voces. Alzó la mirada sobre el tejado de su casa, y fue entonces cuando divisó varias columnas de humo que provenían de la parte pudiente de la aldea. Decidida, agarró un caldero y echo a correr para ayudar a sofocar el fuego. La gente huía despavorida y gritando. No era la primera vez que un fuego devoraba alguna de las casas de Éreston, pero sí la primera que Andrella veía aquella reacción en sus vecinos.

Andrella alcanzó el camino principal del pueblo y se encaminó en dirección norte para alcanzar la plaza del mercado. Generalmente no frecuentaba mucho aquella zona, pues era el lugar en que se encontraban las familias más ricas de la aldea. En vez de estar construidas con madera, aquellas casas estaban hechas de piedra. Sus techos picudos y elevados permitían que el agua no dañase demasiado las estructuras, mientras que sus blanqueadas fachadas, que desde la mitad hacia arriba estaban cubiertas de adobe y encaladas, les daban un aspecto muy diferente al resto de la aldea.

La mujer se hacía hueco entre la muchedumbre, que corría en dirección contraria. Justo a la entrada de la plaza se cruzó con una mujer con la pierna ensangrentada. Andrella no alcanzaba a comprender lo que ocurría, hasta que lo vio a él.

Desde el otro lado de la plaza, observándola directamente, un hombre avanzaba hacia ella con una enorme espada. Su barba negra y su largo y rizado pelo estaban manchados de sangre. El rostro, cuyos ojos negros rezumaban odio, estaba marcado con varias tatuajes que se le extendían por los brazos y la espalda, totalmente desnudos. Andrella lo miró a los ojos, totalmente paralizada, al tiempo que el hombre comenzaba a correr alzando la espada. Ella cerró los ojos, consciente de que no había opción de huir. Una única palabra se repetía en su cabeza: Hyra.

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