La mujer se encontraba en una alargada sala rectangular. En el centro de la misma, en una larga mesa también rectangular, cinco mujeres escuchaban atentamente a la que estaba de pie. Ataviada con pieles y varias plumas que colgaban de su pelo, la Reina Arabar tenía un aspecto que distaba mucho del lujo y la ostentosidad de sus homólogos de otros Reinos Ungidos. La Reina Austera, como la llamaban socarronamente sus enemigos, parecía de todo menos una Ungida. En realidad, ella no era la Ungida de las Praderas Eternas, sino su Regente, ya que el reino había permanecido años sin líder y, finalmente, ella había sido elegida en el Concilio como compensación por entregar las Tierras Imperecederas del Sur a la Emperatriz Dunia. La Reina hablaba acaloradamente con las cinco mujeres:

  • ¡Se supone que sois las asesinas más temidas de todo Ma’oz y vuestra única noticia es que el Concilio convocado por las Islas Gemelas se debe a una estúpida profecía que quita el sueño a una elfa venida a menos! Li Yao, ¿es eso todo lo que has podido averiguar?
  • No, mi señora, hay algo más. De ahí mi retraso para acudir a nuestra cita. Los Altos Elfos de Éradun Caradrol no han hecho una profecía cualquiera, de las muchas que salen de sus sucias bocas. Logré conocerla. No fue fácil, pero esa raza ha perdido su antigua lealtad a los Dioses y ahora no son tan celosos de sus secretos si sabes dónde has de golpear –el resto de sus hermanas sonrieron al imaginar las técnicas que Li Yao Taripei, la hermana de la líder, Xylo, había empleado-. “El Don ha vuelto al mundo para refugiarse en dos niñas, una de alma perdida y otra cuya forma es la de un fuego brillante como la plata y pálido como el amanecer”- el rostro de la mujer no se inmutó ante tal frase, cosa que no ocurrió en el resto de mujeres.

Li Yao Taripei permaneció impasible. Sus ojos rasgados y sus finos labios parecían ser incapaces de expresar ningún tipo de emoción. Tampoco ayudaban el marrón impasible de su iris ni su tez blanquecina. El pelo liso negro caía sobre su espalda, alcanzando su cintura. Llevaba un pañuelo negro, con una pequeña flor de loto blanca dibujada, atado en su cuello, al igual que sus cuatro compañeras. A su derecha se encontraba una mujer idéntica salvo por una cicatriz que atravesaba su cara de arriba abajo.

  • ¿El “Don”? ¿A qué “Don” se refiere?- preguntó la mujer de la cicatriz.
  • Es evidente, Xylo, y más preocupante de lo que esperaba. Las Tejedoras de Almas han vuelto a nuestro mundo- respondió Arabar con un deje de pesar en su voz.
  • ¿Las Tejedoras? ¿Esa antigua magia que según cuenta poseían las hermanas elfas de las Islas Gemelas? – preguntó otra mujer de aspecto tosco, piel negra y pelo enmarañado.
  • Samba, a veces me sorprende tu estupidez. Si no fuese por la cantidad de muertos que lleva consigo tu mazo no estarías con nosotras- escupió bruscamente Xylo.

La mujer negra torció el gesto y miró con hostilidad a su líder. Samba era mucho más corpulenta que Xylo, pero todas sabían que enfrentarse a la agresiva mujer era lograr una muerte lenta y dolorosa. La única que alguna vez había conseguido herirla había sido una de las Hijas del Desierto, y todas sabían que Xylo acabaría buscando la forma de conseguir asesinarla. Las otras dos mujeres que todavía no habían hablado se llamaban Calara y Berenice. Calara tenía el pelo negro y liso, y era bastante parecida a las gemelas Xylo y Li Yao Taripei. Sus ojos también eran rasgados, pero su tez tenía algo más de color y sus labios eran algo más gruesos que los de las dos hermanas. Respecto a la última, Berenice, tenía el pelo recogido en una larga trenza de cabello oscuro. Con la piel tostada, los ojos verdes y también rasgados, era la que parecía más calmada de las cinco. Observaba a Arabar fijamente, como presa de un hechizo. No podía dejar de pensar en el largo camino que había recorrido la Reina Austera hasta conseguir dirigir un reino, a pesar de no ser el que ella inicialmente codiciaba.

Todo empezó en un Concilio de los Ungidos, tras reclamar para sí las Tierras Imperecederas del Sur cuando éstas quedaron sin monarca. Fue en ese momento cuando el plan de Arabar se torció. Las Hijas del Loto le eran fieles desde que contrajo matrimonio con el anterior Ungido, el Emperador Daroul. De hecho, ellas fueron las encargadas de su envenenamiento. Cuando Arabar contaba con ganar la Regencia del reino, la sobrina del Emperador Daroul acudió al Concilio para reclamar el trono del Imperio y acusó a Arabar, la esposa de su tío, de haberlo envenenado. Arabar sabía que, aunque el asesinato de Daroul había sido ordenado por ella, Dunia no podía demostrarlo. Aun así, las Hematíes dictaminaron que sería Dunia la Ungida del Imperio de las Tierras Imperecederas del Sur, ya que al carecer ambas dos de magia y, por tanto, no ser herederas por la Línea Mágica, optaron por la Línea de la Sangre, en la que Dunia era la primera sucesora. Arabar fue compensada con la Regencia de las Praderas Eternas, un reino menos rico y más vulgar que el que ella ansiaba, pero al que la Reina Austera había aprendido a amar. Al aceptar la Regencia, su primer paso fue declarar la guerra a las Tierras Imperecederas del Sur. Tras varias batallas, en las que tanto un bando como otro sufrieron más que ganaron, las Hematíes impusieron una paz obligatoria, bajo la condena de la Abstinencia Mágica permanente para el reino que la incumpliese, así como la pérdida del trono para su Regente o Ungido. Aunque ambos reinos tuvieron que aceptar las condiciones, Arabar continuó en la sombra intrigando para recuperar el trono de las Tierras Imperecederas y formar un gran reino junto con las Praderas Eternas. Sus más fieles servidoras eran las Hijas del Loto, que habían aprendido a odiar a la Emperatriz Dunia tanto o más que Arabar. Si no hubiese sido por la protección de las Hijas del Desierto, la reina ya se habría reunido con su tío.

Berenice vio interrumpidos sus pensamientos cuando alguien mencionó su nombre:

  • Berenice, necesitamos comprender el significado de esa profecía. Si las Tejedoras han regresado, debemos darles caza antes de que aprendan a usar su magia o serán imparables- explicaba Xylo al tiempo que su interlocutora salía bruscamente de sus pensamientos.
  • ¿No sería prudente esperar al Concilio convocado por la reina elfa?- preguntó con dulzura Berenice, cuya voz no correspondía con la que se espera de una sanguinaria asesina.
  • No, hemos de encontrarlas antes- intervino Arabar-. Una vez esas niñas crucen los Campos Albados las custodiaremos ante las mismísimas Hematíes si es necesario, pero no podemos arriesgarnos a que caigan en las garras de Dunia o de cualquier otro Ungido. Quiero conocerlas, dominarlas y someterlas a mi voluntad antes de que nadie sepa siquiera sus nombres.
  • Como desee, mi señora- continuó Xylo-. Berenice, tú acudirás a la biblioteca de Dalarai, la Ciudad Portuaria del Imperio. Intenta averiguar todo lo que puedas sobre el Don. No me importa cómo lo hagas, pero quiero saber absolutamente todo sobre esa magia. Calara, necesitamos saber qué saben el resto de Ungidos, en especial Dunia, Baur Man Calaoui y los elfos. Enanos y amazonas no son una amenaza, pero si consigues información podría sernos útil. Li Yao, te infiltrarás en la Torre de la Luna Menguante. Si los elfos de Éradun Caradrol han realizado su profecía, Zator el Premonitor habrá hecho lo propio. Puede que nos sirva para identificar a las Tejedoras y darles caza. Samba, tú y yo entraremos en Teramundi. Tranquila, mi señora, – dijo Xylo al ver el rostro de Arabar- nadie nos verá. Necesitamos saber si las Hijas del Desierto están buscando a las Tejedoras y qué saben sobre ellas. En la próxima puesta de la Primera Luna nos encontraremos aquí.
  • Espero que esas ratas estén en mi palacio antes de que Dunia haya conocido de su existencia. Confío en vosotras-sentenció Arabar.

Las cincos mujeres se pusieron en pie, taparon sus rostros con sus pañuelos y salieron. La Reina Austera se sentó en la mesa rectangular en silencio. Sabía que antes o después podría volver a empezar su guerra y algo en su interior le decía que ese momento se acercaba.

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