Cassandra arrastraba su pesada túnica embarrada a través del bosque. Sus ojos, profundos como la noche y tan azules que parecían casi transparentes, miraban un punto más allá de los árboles, como si pudiese ver a través de la maleza y los troncos ancestrales. Levantó una mano surcada por miles de arrugas, y con mano temblorosa bajó una capucha de pesada tela negra, dejando libre una maraña de fino pelo gris.

Continuó su paso, tembloroso y lento pero decidido. De entre los árboles, apareció una pequeña montaña, con una estrecha grieta. La vieja, sin hacer caso a los animales que huían de ella, se dirigió hacia la apertura en la roca con decisión. Se internó en ella, con trabajo debido a su estrechez, y continuó caminando en la oscuridad más espesa. Esquivaba rocas, arroyos y simas como si nada. Parecía que había sido la vieja la que había construido aquel tenebroso lugar, ya que caminaba por él como si fuese parte de ella.

Después de más de media hora de camino, tras introducirse por una nueva grieta en aquel laberinto, apareció una gran sala. La caverna, repleta de estalactitas y estalagmitas, estaba formada por una laguna salpicada de estas formaciones rocosas. En el centro, una pequeña isla de piedra se erigía, con un altar situado en medio de la misma. Un rayo de luz dejaba entrar el brillo de la mañana desde una apertura en la parte superior de la sala, iluminando el altar.

La vieja se acercó con cautela a la laguna y, sin previo aviso, se dejó caer al agua con los brazos estirados. Al segundo de tocar la superficie, como transportada por arte de magia, apareció en la isla.

Al lado del altar con forma de triángulo erigido en el islote de piedra, dos ancianas aguardaban en silencio. La primera de ellas, era tan anciana o más que la vieja Cassandra. Sus ojos eran totalmente blancos, como surcados por miles de telarañas. Su brazo derecho, a pesar de contar con su forma humana, tenía la piel como si de la corteza de un árbol se tratase. Su pelo marrón estaba repleto de restos de tierra y musgo, dándole el aspecto de un gran helecho con piernas. Cubierta con una pesada túnica, se dirigió a la recién llegada con una voz tan profunda y tétrica como la montaña:

  • Te estábamos esperando. Has tardado mucho…
  • Los caminos son eternos para una vieja como yo, Davika. Las gentes son extrañas y los peregrinos no deben posar sus ojos sobre mí. No ha sido fácil encontrarla…
  • He visto tu encuentro con ella. Los Dioses me han regalado esa visión. Esa cría es un ser despreciable, puede que teja almas pero jamás albergará compasión ni respeto en su corazón. Menosprecia a la tierra, detesta la vida y sólo anhela belleza y riqueza…
  • No es merecedora de sus numerosos dones- continuó Cassandra-. Su egoísmo no tiene límites y su odio hacia el bosque es tal que no es de recibo hacerle tan precioso regalo.

La tercera mujer, mucho más vieja que las demás, permanecía en silencio. Al girar el rostro, la escasa luz lo iluminó tenuemente. Las cuencas de sus ojos, totalmente vacías, le daban un aspecto terrorífico, que contrastaba con la ternura que emanaba de una boca en la que no habitaba absolutamente ningún diente. Su escaso pelo blanco y sus uñas largas y sucias no ayudaban mucho a favorecer su aspecto. Sus manos, con tantas cicatrices que parecía un milagro que siguiesen pegadas a sus brazos, eran el último punto para dar al conjunto un aspecto totalmente terrorífico.

  • “No juzgaréis por un solo golpe de brisa, pues el viento es caprichoso y sus azotes pueden tornar en dulces caricias”- recitó la tercera vieja-. Los Dioses fueron sabios cuando nos enseñaron nuestro cometido, hermanas.
  • No dudamos del saber de los Dioses, gran Corpea. Dudamos del espíritu de la niña. Negar su ayuda a una anciana en apuros no juega a su favor. ¿Cómo será capaz de cargar con el destino del mundo si carece del menor sentido de la compasión?- replicó Cassandra.
  • Y ha de ser castigada por ello, hermana Cassandra, pero no hemos de olvidar la razón por la que hace años dejamos que su ciclo no se cerrase. La devolvimos a la vida porque los Dioses nos regalaron el futuro, y pudimos contemplar cómo sin ella Ma’oz estaría destinado a la más profunda de las sombras.
  • Propongo condenarla a la abstinencia mágica permanente- sentenció Davika.
  • Atar su magia de por vida sería contraproducente para su fin, Davika- respondió Corpea.
  • Y no hacerlo sería contraproducente para el resto del mundo- replicó está vez Cassandra.

Las tres ancianas, reflexionando en silencio, se perdieron en sus pensamientos. Corpea, la más anciana de ellas, observó el suelo de piedra, para más tarde posar su vista en el agua de la laguna y en la luz de la apertura de la roca.

  • No podemos condenarla a la abstinencia mágica permanente, pero su afrenta a la Madre Tierra y a la Diosa Engendradora no han de ser consentidas. Su magia será necesaria para la batalla que se acerca, tú misma lo has visto Davika. Pero la tierra ha de ser compensada. Ella respetó al bosque, durmió bajo la brisa, y acarició al agua. Pero repudió tu mano y a la tierra, y se condenó a sí misma por ello. Propongo castigarla eliminando su control sobre dicho elemento, hermanas.
  • Corpea, sabes que ese no es su don…
  • Lo sé Cassandra, pero también sé que sus dones son infinitos. Si ella encuentra la fuerza en su interior, podrá dominar cualquier elemento. No controlará ni creará tierra, y limitaremos la balanza. Nuestra función en este mundo es contrarrestar los excesos del mal, pero permitir que ella domine la tierra sería provocar una debacle que podría acabar con él para siempre, haciendo que el equilibrio diseñado por los Dioses se rompa…

Las tres mujeres permanecieron en silencio un largo rato. En el altar, un cuchillo oxidado apareció. Las Hematíes habían acordado su condena. Una a una, cortaron las palmas de sus manos con el profundo cuchillo. Cuando las tres tenían profundos cortes y la sangre comenzaba a brotar, unieron sus manos entre sí. Una poderosa onda surgió de la unión de las tres, agitando el agua de la laguna y el corazón de la montaña. Fuera, las aves huyeron despavoridas y los animales se refugiaron temerosos. El bosque quedó sumido en el más profundo de los silencios.

Las Hematíes habían dictado sentencia, y los habitantes del bosque lloraban por la condena.

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