Una enorme puerta de madera bañada en oro se abrió pesadamente dejando paso al Salón del Trono. Dentro de la sala, de forma semicircular, tres mujeres aguardaban con el semblante serio. Ataviadas con pantalones y chalecos de cuero, y armadas con cuchillos de todo tipo, se lanzaban miradas furtivas entre ellas. En el centro, una de ellas llevaba la cara con tatuajes tribales y marcas que le conferían un aspecto terrorífico. A pesar de ello, escondía una belleza salvaje. Su pelo, repleto de finas rastas, estaba atado mediante una extraña pieza metálica, situada en la parte inferior, que enganchaba todas las rastas convirtiéndolas en una sola. Se apoyaba en un gran bastón, repleto de inscripciones y cuyo extremo superior era más ancho que el resto, haciendo que pareciese un gran mazo. En su cinturón un pequeño cuchillo refulgía amenazante. A la derecha de ésta se encontraba una con un aspecto mucho más dulce. A pesar de ir armada con dos grandes cimitarras en su espalda, su precioso cabello ondulado de color negro, sus ojos verdes y su boca carnosa le daban un aspecto mucho más alegre. Llevaba un delicado brazalete con forma de serpiente en su brazo derecho. La serpiente rodeaba su brazo por completo para acabar mordiendo su propia cola, cerrando el círculo. Por último, la que se encontraba a la izquierda de la que parecía ser la líder, llevaba dos largos cuchillos a la espalda, una espada enganchada en su lado izquierdo del cinturón, y algo que parecían ser afilados dardos en el lado derecho del mismo. El pelo negro liso le caía hasta media espalda, sus ojos negros algo rasgados y unos finos labios la hacían rivalizar en belleza con las otras dos. Al igual que la anterior, llevaba un brazalete idéntico con forma de serpiente, esta vez en el brazo izquierdo.

De entre la gran puerta apareció una joven mujer, ataviada con una gran corona con forma de ramas de vid. Portaba un largo cetro cruzado sobre su pecho y un collar que le cubría todo el cuello con varias tiras de oro que le caían hasta los senos. Su túnica, de color uva, arrastraba pesadamente tras ella. Un sonido de tacones marcaba su paso, ya que caminaba sobre unas plataformas de al menos un palmo de altura. Su semblante serio y la autoridad que emanaba de ella no ocultaban su juventud.

  • Su majestad, la Emperatriz Dunia de las Tierras Imperecederas del Sur- anunció uno de los sirvientes situados junto a la pesada puerta.

La emperatriz cruzó la sala semicircular hasta llegar al trono situado ante las tres mujeres, en la parte curvada. Éstas se arrodillaron ágilmente para presentar sus respetos ante la reina.

  • ¡Dejadnos!- ordenó Dunia con voz autoritaria.

Cuando el último de los sirvientes salió de la sala, la reina continuó hablando mientras se sentaba en el trono. La luz que emanaba de las grandes cristaleras situadas tras ella le hacía parecer una poderosa diosa.

  • No sé cuántas veces he de decirles a las temidas Hijas del Desierto que no han de inclinarse ante mí. Ayudadme a quitarme esta estúpida corona y estos insufribles zancos, las costumbres de las Tierras Imperecederas acabarán por matarme…

Las tres mujeres, sonriendo ampliamente, saltaron alegremente a ayudar a su reina. Una a una, tras quitar las pesadas cargas que la emperatriz portaba, la abrazaron con dulzura y admiración.

  • Siempre hemos de arrodillarnos, majestad. No deben pensar sus súbditos que contamos con su gracia…- Ironizó la mujer de los tatuajes en la cara, con rostro pícaro.
  • Suley, todo el mundo sabe que gozáis de mi favor a cambio de vuestra protección. Carea, tus ojos verdes cada día me dan más envidia, yo tengo este estúpido color marrón tan común…No Orati, tus ojos no son marrones, ¡te ordeno como tu reina que no vuelva a decir que tengo unos ojos bonitos!

Las cuatro mujeres rompieron en carcajadas al reencontrarse. Habían pasado casi cinco ciclos de la Primera Luna desde la última vez que se habían visto.

  • Mi señora, no tenemos buenas noticias…-comenzó a explicar Suley-. Algunas milicias han sido enviadas por Arabar, la usurpadora del trono de las Praderas Eternas, para dar caza a las Tejedoras de Almas. Sabemos que una de ellas, desconocedora de su don, se encuentra en dicho reino. No tardarán en encontrarla y darle muerte, o algo mucho peor…
  • ¿Algo peor que la muerte? Explícate Suley…
  • No estamos seguras…Carea consiguió ocultarse en la capital, Bergonia, y tras indagar un poco descubrió que las órdenes de Arabar son encontrar a la chica y enviarla a su palacio. No sabemos cuáles son sus verdaderas intenciones, pero estamos seguras de que si la niña cae en su poder la guerra no tardará en estallar…
  • Esto lo cambia todo. Carea, ¿estás segura de que nadie te descubrió durante tu incursión en Bergonia? Sería considerado como una alta traición por mi querida tía Arabar. Lo entendería como una intromisión en sus dominios y encontraría la forma de justificar un incumplimiento de la tregua impuesta por el Concilio para poder iniciar la guerra que tanto ansía…
  • Nadie me descubrió, mi señora. No portaba el rostro que ahora veis – dijo Carea mientras sus compañeras sonreían.
  • Debéis encontrar a la niña antes de que alguna de las milicias lo haga…No entiendo cómo ha conseguido descubrir que el don de las Tejedoras ha vuelto a nuestro mundo. Tan sólo los miembros del Consejo de las Cinco Puntas han escuchado la profecía. Son fieles a nuestro reino, nunca confiarían nada a Arabar…
  • ¿Quién en la corte conoce la profecía majestad?- preguntó Suley amenazadora, al tiempo que tanto Carea como Orati se alejaban y comenzaban a explorar la sala.
  • Tan sólo yo. Las únicas a las que he confiado mi pesar sois vosotras…
  • Mi señora, debéis extremar las precauciones. Si eso fuese cierto, Arabar no estaría al tanto de la vuelta del don de tejer almas a Ma’oz. No confiéis en nadie de la corte, no habléis con nadie en público y no comuniquéis nuestras audiencias a nadie. A partir de ahora seremos nosotras las que contactaremos con vos y nos encontraremos en un sitio seguro cuando tengamos alguna novedad.
  • Nada- dijeron al unísono Carea y Orati al volver junto a Suley. Ésta relajó la fuerza sobre su bastón al comprobar que el sitio era seguro.

Dunia se puso en pie, se giró hacia los ventanales y contempló la ciudad a sus pies. Teramundi continuaba su frenética actividad ajena a todo lo que pasaba por la mente de su emperatriz. Si la Reina Arabar lograba encontrar a las Tejedoras de Almas antes que ella, única de los miembros de la Antigua Alianza al corriente de todo, el destino del mundo de Ma’oz correría peligro. Se volvió hacia las Hijas del Desierto, acercándose a la silla del trono.

  • Encontrad a la niña, pero no volváis a entrar en Bergonia. Si fueseis descubiertas la estabilidad del Concilio de los Ungidos y la tregua con las Praderas Eternas se verían amenazadas. Nuestros ejércitos todavía no son lo suficientemente fuertes como para hacer frente a una posible invasión de las milicias de Arabar. Ya tenemos suficiente con proteger las rutas de comerciantes a través del desierto: los saqueadores Omás están causando estragos entre nuestras filas- al mencionar esto, el rostro de Suley se volvió más serio-. Lo siento Suley, sé que son tu familia, pero cada día están más revueltos. Si las negociaciones con las tribus Omás no fructifican nos veremos obligados a romper el acuerdo de no agresión con el pueblo Omás…
  • Volveré a hablar con mi padre cuanto antes, mi señora. La última vez fui expulsada por ser fiel a vos, pero estoy segura de que lograré que vuelvan a recibirme…- explicó Suley con aire triste.
  • Hay…hay algo más, mi señora- esta vez era Orati, la más reservada, la que había hablado-. No estábamos seguras de si contaros esto o no, pero creo que dada la situación, deberíamos poder entrar en Bergonia con vuestro consentimiento…
  • Ya te lo he explicado Orati. No dudo de vuestras capacidades, ya lo sabéis, pero no puedo arriesgarme a romper la tregua…
  • Mi señora…Arabar ha convocado a las Hijas del Loto.

El rostro de Dunia perdió el color de pronto. Sus manos se aferraron al respaldo del trono, clavando las uñas con fuerza.

  • ¿Las…las Hijas del Loto han sido llamadas? ¿Estáis seguras de eso?
  • Por desgracia sí, mi señora. Mientras guardaba el camino de los Campos Albados vi a Li Yao Taripei… Cruzó el camino a caballo sin intentar siquiera no ser vista. Mi señora, somos sus asesinas desde hace años, conocemos los secretos y las artes de cada clan asesino a la perfección, y puedo asegurar que si una de las Hijas del Loto cabalga a plena luz sobre un corcel a través de los Campos Albados, es algo de lo que debemos preocuparnos.
  • Orati, dime que no intentaste enfrentarte a ella…
  • No me faltaron ganas, mi señora, pero haber dejado el camino para atacar a Li Yao habría puesto en peligro nuestro objetivo, además de haber revelado nuestra presencia a Arabar y por tanto poner en riesgo a Carea. Mi odio hacia las Hijas del Loto no es más grande que la lealtad hacia mi clan…

Dunia se sentó de nuevo en el trono. Su rostro, ahora fatigado, dejaba ver que las preocupaciones que tenía a tan pronta edad estaban causando estragos en su alma.

  • Ayudadme a vestirme. Tenéis mi permiso para entrar en Bergonia y traer ante mí a la Tejedora. Pero no lo olvidéis, nadie puede veros y, ante todo, no os enfrentéis a las Hijas del Loto.
  • Descuidad mi señora, traeremos a la niña aquí antes de que Arabar pueda encontrarla… ¿Alguna nueva de la otra Tejedora, mi señora?-preguntó con preocupación Orati.

No hubo respuesta, Dunia se limitó a negar con la cabeza con aspecto apesadumbrado.

Las tres asesinas ayudaron a su reina a colocarse de nuevo la corona y los zancos, al tiempo que la miraban con preocupación. No sabían cuándo volverían a encontrarse y descubrir que entre sus cortesanos o sus sirvientes podía encontrarse un infiltrado de Arabar no les daba ninguna tranquilidad.

  • Que los Dioses Sagrados y Vertianos os protejan, Hijas del Desierto. Ah, una cosa más…no muráis, no podría soportar perderos.

La reina se puso en pie, volviendo una vez más a su aspecto imponente, y salió tras dar un golpe a la puerta con el extremo inferior de su cetro, haciendo que los sirvientes que habían salido abriesen de nuevo. Las tres asesinas, mirándose entre ellas una última vez, salieron unos segundos más tarde. Se ocultaron bajo pesadas capas, y se dirigieron en silencio al centro neurálgico de la ciudad: el Mercado de Especias de Kar Mandina. Serpenteando entre calles, puestos, sorteando comerciantes, viejos, mujeres y traviesos niños, las tres mujeres se mezclaron entre la multitud. Al llegar a una pequeña plaza formada por la intersección de dos callejuelas, dos de ellas continuaron hacia el este, mientras la tercera se separaba hacia el oeste. Continuó caminando sola hasta  alcanzar un puesto en el que una mujer anciana vendía jaulas con animales exóticos. Al bajarse la capucha, su rostro no era el de una bella joven, si no el de una anciana de ojos verdes y pelo grisáceo y sucio.

  • Me gustaría comer una Zádala.
  • Las Zádalas son una fruta para olvidar, yo sólo vendo bestias.
  • Sus bestias no me sirven, pues es olvidar lo que deseo.

Sin más, volvió a cubrirse y se alejó entre la multitud, tapando su rostro una vez más con la capucha.

Media hora más tarde, la mujer del puesto de animales dejó escapar una paloma blanca. Los clanes fieles a las Hijas del Desierto serían avisados de que la Emperatriz debía ser protegida.

Para leer más capítulos de “Tejedoras de Almas: El Concilio de los Ungidos” haz clic aquí.