El reino de Suratlantia había sucumbido a la corrupción muchos años atrás. La magia había desaparecido casi por completo, y ya nada se sabía en aquel reino de las alejadas cuestiones relativas a la hechicería que en otros lugares eran tan relevantes.

Suratlantia estaba regida por el Maestre Barrington, que asfixiaba poco a poco a los campesinos con sus abusivos impuestos. Barrington era un hombre gordo, tremendamente rico y escandalosamente corrupto.  Nadie en el reino osaba a contradecir al Maestre, cuya maldad era tal que los suratlanteses no se atrevían a alzar la voz en su contra y, aquellos que, fuese por valentía o por locura, se habían atrevido a enfrentarlo, habían desaparecido del mapa. Algunos creían que eran enviados a las guerras que azotaban los reinos más lejanos y desconocidos, vendidos como esclavos u obligados a trabajar sin descanso en las canteras de piedra que se exportaba para ayudar a aumentar aún más la riqueza del gordo Barrington.

El pueblo, a pesar de la pobreza derivada de las tasas e impuestos cobradas por el regente, no pasaba demasiada hambre. Mientras se pagasen los tributos y se consiguiesen cosechas apropiadas para soportar el invierno, los habitantes de Suratlantia no debían de preocuparse por su seguridad. Algunos de los más ancianos recordaban duros inviernos en los que las cosechas no fueron suficientes y en los que el hambre y la enfermedad se llevaron a sus hijos y mujeres.

La vida era sencilla en la pequeña aldea de Ereston. Como cada mañana, Andrella despertaba a su hija Hyra con las primeras luces del alba. Aunque no podían quejarse, su vida consistía en trabajar sin descanso para cuidar de los cultivos y del par de ovejas y cabras que les aportaban leche. Gracias a ellas podían garantizar que el alimento no faltase en su mesa y, en ocasiones, cuando la cosecha era buena, incluso eran capaces de comprar algo de carne seca y pescado ahumado. Mientras Andrella se ocupaba de las labores de su pequeña cabaña de madera, su esposo, Ermod se encargaba de los campos.

Andrella contaba con la ayuda de su única hija, Hyra, para ayudarla en las labores del hogar. Cada mañana, Hyra debía levantarse temprano para caminar cinco millas hasta el río en el que, varias veces al día, llenaba un cántaro de agua para poder cocinar, lavarse y dar de beber a los animales.

Hyra tenía tan sólo diecisiete años. Su ondulada melena alcanzaba casi su cintura. El pelo, del color del trigo, como decía su madre, y los ojos azules, profundos como el mar solía decir su padre, hacían de Hyra una de las jóvenes que más llamaba la atención entre los muchachos de Ereston. Su piel clara y su cara pecosa dejaban ver que, a pesar de los numerosos paseos hasta el río, no pasaba demasiadas horas labrando el campo ni pastando con los rebaños y el sol no había logrado tostar su tez más de la cuenta. La muchacha detestaba con todas sus fuerzas ir a recoger agua, y reprochaba continuamente a su familia el poco dinero y la mala suerte que tenían en la vida. Su madre siempre le recordaba que, cuando la niña sólo tenía unos meses, una terrible enfermedad acabó con su vida y que, gracias al favor de los Dioses, volvió milagrosamente a la vida, por lo que no se podía quejar por su suerte. Hyra odiaba aquella historia, que siempre pensó que era una de las numerosas exageraciones de su madre.

De mala gana, se levantó refunfuñando, se puso su vestido blanco, de largas mangas acabadas en pico, y se colocó un ancho cinturón de tiras de cuero marrón entrelazadas simulando una espiga de trigo. Enganchó el pequeño puñal que hacía varios años su abuela le había regalado al morir. Para evitar el sol, se cubrió con una gruesa capa marrón y echó sobre su cabeza la pesada capucha. Su madre decía que algún día moriría bajo aquel capuchón por un golpe de calor, pero la joven detestaba tanto el sol que no le importaba pasar calor si podía evitar que los crueles rayos le abrasaran la piel.

Hyra adoraba vestirse de aquella manera, como si fuese una princesa guerrera a la que todos temían. Tomó un poco de pan duro y queso y bebió de una pequeña jarra la leche de la vieja oveja que tanto aborrecía. Andrella le echó una mirada feroz cuando la descubrió sentada con tanta calma:

  • Cuando la señora quiera puede levantarse y encargarse de sus tareas. Necesitamos agua para dar de beber a las bestias y para preparar la comida, a no ser que la señora pretenda que también me encargue yo de ir al río.

Hyra miró a su madre con sus profundos ojos azules impregnados de odio y, sin medir palabra, salió de casa. Cruzó la calle principal de Ereston, atestada de casas de piedra pertenecientes a las familias más pudientes del lugar. Su abuela había tenido allí una casa, pero tuvo que venderla en una de las grandes sequías para poder comprar comida para sus hijos y se estableció en una cabaña de madera en las afueras. Tras girar la esquina para tomar el camino del río, Hyra divisó a Senora, a la que llevaba varios meses sin ver. Era una joven de la aldea que era su mayor rival, y verla allí no le hizo ninguna gracia. Todos decían que Senora era la más bonita del pueblo pero, a pesar de sus melenas pelirrojas y sus voluptuosos pechos, Hyra sabía que todos lo decían porque le tenían miedo. Ambas muchachas se profesaban un odio enorme y siempre buscaban la forma de amargarse la una a la otra. En la fiesta de la cosecha del año anterior, Senora había hecho caer a Hyra en un charco de barro cuando todo el pueblo la estaba mirando. La joven, furiosa por ridículo, intentó pegar a Senora, pero ella y sus amigas la golpearon, le tiraron del pelo y la volvieron a tirar al barro. Nadie la había ayudado, excepto la señora Lands, que al verla herida y sucia la ayudó, la limpió y la invitó a un poco de pastel de calabaza recién horneado. La señora Lands y su marido eran de las pocas personas por las que Hyra sentía simpatía en la aldea. No tenía amigos, ya que el grupo de Senora la repudiaba, y el resto de jóvenes de la aldea eran tan patéticos que prefería pasar sus horas sola que acompañada de algún bicho raro.

La joven continuó caminando distraída por el sendero del río, mientras se cruzaba con otras niñas y mujeres que volvían ya de lavar y de recoger agua para sus tareas diarias. Ella nunca había entendido la razón por la que la aldea no se había asentado más cerca del curso del río para facilitar la vida de los habitantes de Ereston. Su abuela siempre le había dicho que, antaño, las crecidas eran tan grandes durante el deshielo que no se sentían seguros estando demasiado cerca. La corriente que bajaba de Minas Bargul era tan fuerte que el río era llamado por los habitantes de la aldea “el Río Implacable”. Durante el verano el río era más bien “el aburrido”, ya que un débil y tranquilo caudal de agua le daba más el aspecto de un arroyo de aguas calmadas que el de un torrente furioso y arrollador.

La muchacha entraba en la arboleda que marcaba la cercanía del arroyo, absorta en sus pensamientos sobre cómo ridiculizar a Senora, cuando le pareció escuchar un grito. Paralizada, escuchó atenta. El murmullo de las hojas al soplar la brisa parecía una canción cuyo instrumento principal era el rumor del arroyo que ya se encontraba cercano. Hacía rato que Hyra no veía a nadie. Tras aguardar en silencio un rato, la joven se calmó, pensando que habría sido cualquier animal o algunos chiquillos jugando. Reanudó la marcha, mientras cruzaba el pequeño puente de piedra que atravesaba el río, para ir a sentarse a la sombra de un viejo sauce, como hacía cada mañana para no llegar demasiado pronto a casa.

Ya había pasado la parte más elevada del puente y ella continuaba pensando que tendría que hacer algo grande para ridiculizar a Senora en la fiesta de la cosecha del próximo otoño. Cuando la muchacha dejaba escapar una sonrisa de satisfacción imaginando la cara de su enemiga, una mano la agarró con fuerza del antebrazo, dándole un susto de muerte.

  • ¡Niña!- le gritó la anciana que le apretaba el brazo.
  • ¡Maldita sea, por todos los dioses, sagrados y caídos! ¿Qué narices hace?

Una vieja, envuelta en una túnica negra, con las manos llenas de barro, se aferraba con fuerza al brazo de la joven. Cubría su cabeza con una capucha negra que dejaba entrever una maraña de fino pelo gris y una cara surcada por miles de arrugas. Sus ojos, tremendamente claros, parecían no tener fin. Los labios, secos y cortados, le daban un aspecto bastante tétrico.

Sin saber por qué, Hyra sintió de pronto una sensación de desconfianza mezclada con miedo.

  • Suélteme, ¡me hace daño!- gritó tirando bruscamente del brazo y zafándose de la garra de la vieja.
  • Necesito ayuda chiquilla, soy anciana y llevó un rato tratando de sacar la rueda de mi carro de ese charco de barro- dijo señalando con su sucia mano un pequeño carrito cargado hasta los topes de paja, barriles, pieles…

La joven se sorprendió al ver la carga del carro, que parecía tremendamente pesada. Se fijó en las embarradas manos de la vieja, que señalaban temblorosas en dirección a la rueda atascada en un gran charco de barro.

  • No tengo tiempo para sus tonterías señora, si ha metido su carro ahí es su problema. No pienso ensuciar mi vestido por culpa de su torpeza.
  • Chiquilla, no deberías hablar así a una anciana. Sólo te pido tu ayuda durante un segundo, te recompensaré.
  • ¿Recompensarme? Con alguna de sus sucias pieles de cabra supongo…No, gracias, no tengo intención de tocar sus desagradables manos de nuevo.
  • Maldita seas niña, sólo te imploro tu ayuda para sacar mis mercancías de ese charco. Soy una triste anciana, ¿no lo ves?
  • No es mi problema. Procure no asustar ni manchar a la siguiente persona que cruce el puente si quiere tener más suerte la próxima vez- gruñó.

Sin más, la niña giró en seco y continuó andando hasta el sauce, maldiciendo a la vieja por el susto y por haber manchado su vestido. Se internó en la espesura del bosque para continuar su camino hacia el arroyó. Maldiciendo y con el corazón palpitando a una velocidad preocupante, la joven recorrió el camino hasta el riachuelo sin dejar de pensar en el susto que la maldita vieja le había dado. Tenía la manga del vestido completamente sucia y comenzaba a preocuparle la reprimenda que su madre le echaría cuando llegase a casa. Distraídamente, llenó el cántaro con agua fresca del río y se dispuso a sentarse un rato para perder el tiempo cómodamente bajo la sombra de un viejo sauce. Rebuscó entre la corteza hueca del árbol, en la que hacía tiempo había guardado una estera de esparto que utilizaba para proteger sus ropas de la suciedad de la tierra y, sobre todo, para que su madre no tuviese pruebas de que su retraso cada mañana se debía a que holgazaneaba más de la cuenta. La muchacha se sentó cómodamente y se abandonó a sus pensamientos sobre cómo torturar a la pelirroja Senora. El agradable viento, el dulce sonido de las hojas de los árboles entrechocando entre sí y el murmullo del agua provocaron en la joven una calma que poco a poco fue llevándola al mundo de los sueños.

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