Las cosas malas les pasan a las mejores personas.

Es cruel, lo sé. Pero es cierto. Y duro. Las cosas malas les pasan a las mejores personas, pero eso hace que sean más fuertes, que vivan sin contemplaciones y que se lancen al vacío ante los retos de la vida. Esos retos, ese esfuerzo, esas putadas, son la base que hace que personas corrientes se conviertan en héroes. Gracias a esas cosas, aunque parezca mentira, se avanza, se crece y se evoluciona. Gracias a eso, se olvidan las pequeñas tonterías del día a día, esas que creemos que son problemas enormes, pero que luego descubrimos que son chorradas colosales.

En cambio, las grandes personas aprenden a valorar lo verdadero, lo importante. El cariño. Los amigos. La familia. La salud. El cumplir los sueños. El abrazar cuando hace falta, pero cuando no también. Las sonrisas. El llorar sin miedo a parecer débil. El levantar la cabeza ante la adversidad. Ser capaces de mirar a la vida y a la muerte con los ojos abiertos y el corazón de par en par, pues no son más que etapas. Las grandes personas luchan por lo que de verdad importa: por ser eternos. Por trascender las barreras de lo físico y dejar huella en los corazones de la gente. Las grandes personas vienen y van, pero eso no es más que parte de la existencia. Las grandes personas son aquellas que, estén a nuestro lado o no, sentimos cerca en todo momento.

Las grandes personas no duran para siempre. Eso es triste, pero también hace que tengamos que disfrutarlas intensamente. Buscad a las grandes personas que os rodean, queredlas, amadlas, sentidlas, vividlas y añoradlas cuando no estén. Sed grandes personas, y así otros os querrán a su lado.

Las grandes personas no duran para siempre…