No olvides tus derechos…

Últimamente no paro de escuchar casos de amigos y conocidos que me hablan de las situaciones a las que se enfrentan en su día a día en el trabajo. Somos muchos los que nos hemos visto obligado a abandonar nuestras armas y ceder ante situaciones injustas. Yo mismo he sufrido abusos y desplantes en mi puesto de trabajo que me han hecho sentir que todo el tiempo dedicado a formarme en los últimos años ha sido tiempo perdido.

Es duro ver como pisotean tus derechos y abusan de ti como trabajador. También he sido empresario, y me he visto obligado a pagar poco a trabajadores que valían mucho más de los que yo les estaba dando a cambio por su trabajo. Reconozco que es difícil encontrar un punto intermedio que suponga que el empresario pueda seguir adelante con su negocio y que, al mismo tiempo, el trabajador no se sienta desmotivado.

Pero hay algo que, en mi opinión, marca la diferencia. Si un trabajador se siente parte de la empresa, se siente escuchado, sienta que su opinión cuenta a la hora de tomar decisiones es tenida en cuenta, si ve que su empleador hace todo lo posible por adaptarse a situaciones concretas, si cede en cuanto a horarios, vacaciones, festivos u otras cuestiones, al final el trabajador se sentirá apreciado. Es esencial que nos sintamos una parte importante en nuestra empresa, que se valore nuestro trabajo y nuestro esfuerzo, y por supuesto que se nos pague por ello. Pero últimamente veo una tendencia que no tiene nada que ver con la crisis, con la difícil situación de las empresas o con los altos costes que supone para una empresa contratar un trabajador. Últimamente veo poca vergüenza.

Todos entendemos que los sueldos han tenido que ajustarse, todos entendemos que hay que hacer esfuerzos, y por supuesto todos entendemos que es muy difícil encontrar otro puesto de trabajo dada la situación del mercado laboral en nuestros país. Lo que no hay que entender es que abusen de nosotros, que nos ninguneen, que nos traten como esclavos, que se salten nuestros derechos laborales como si conseguirlos hubiese sido algo fácil. No hay que tolerar que tu jefe te explote por el simple hecho de que encontrar otro trabajo sea difícil. No hay que permitir que se nos denieguen permisos que el Estatuto de los Trabajadores contempla porque al jefe de turno no le apetezca darnos algo que nos pertenece por derecho. No hay que permitir que nos vejen, nos humillen, nos maltraten y, encima, cuando nos quejemos tengan la poca vergüenza de amenazarnos con dejarnos en la calle.

Pues bien: háganlo. Déjennos en la calle, abusen de nosotros, ríanse de los derechos de sus empleados, explótenlos hasta la saciedad, hasta que sus manos sangren por no darles ni un segundo de descanso. Háganlo. Y entonces nosotros perderemos el miedo. Perderemos el miedo a que nuestro jefe nos amenace con echarnos y nos daremos cuenta de que sus empresas, sin nosotros, no son nada. Su dinero se consigue gracias a nuestro esfuerzo. Sus negocios crecen gracias a nuestro sacrificio. Su poder se basa en nuestro miedo y sin miedo éste desaparece. Entiendo que habrá familias que lean esto y piensen: “claro, qué fácil hablar así cuando no tienes hijos a los que dar de comer”. Es cierto, es injusto y muy fácil por mi parte defender que no agachemos la cabeza ante cualquier abuso. Y sí, es cierto que ustedes lo hacen porque necesitan que sus hijos puedan comer. Pero tengo algo que añadir a ese razonamiento: no soy nadie para decir qué deben hacer, pero sí creo que, en caso de que decidan agachar la cabeza y soportar abusos en su trabajo, se lo expliquen a sus hijos. No para que se humillen ante ellos, ni para que piensen que son ustedes cobardes. Les pido que se lo expliquen a sus hijos para todo lo contrario: para que se den cuenta de que ustedes agachan la cabeza, conscientes de su abuso, porque son valientes como para renunciar a sus derechos por el bienestar de sus hijos. Se lo pido porque es esencial que sus hijos entiendan que se puede agachar la cabeza ante un abuso, pero lo que nunca se puede olvidar es que hemos sido nosotros los que hemos decidido agacharla y que, en el momento en que lo decidamos, podremos volver a levantarla y exigir lo que es nuestro. Porque el peligro no está en abandonar nuestras armas, el peligro está en olvidar que podemos volver a empuñarlas cuando nuestra paciencia se ha agotado. Por eso os digo, si decidís que queréis volver a las armas (en un sentido metafórico de la expresión), sentíos orgullosos. Estáis luchando porque vuestro jefe no os trate como a bestias. Lucháis por algo tan sencillo como que se os respete como trabajadores, personas y compañeros.