Posiblemente nadie importante leerá esto. Y con importante me refiero a poderoso. Mucha gente importante, europeos de a pie, podrán leerlo, pero creerán que no tienen poder para hacer nada. Yo también lo creo, para que nos vamos a engañar. Creo que soy insignificante, que no puedo hacer nada que vaya a traducirse en mejorar las condiciones de vida de los miles de refugiados que huyen de Siria, Libia, Irak… Pero al menos tengo la necesidad de expresarlo.

Después de ver la imagen de ese pobre niño muerto en la playa, no quiero ser europeo. Es más, si pudiese escoger, escogería no ser humano. Porque lo que estamos haciendo traspasa ya los límites de lo imaginable. Soy egoísta, lo reconozco. Este no es mi problema. Yo estoy en mi casa, con mi familia, con un ordenador conectado a Internet para poder escribiros esto. Pero también creo que esto no tiene sentido. Pienso que, a día de hoy, los gobiernos europeos son asquerosos. Repugnantes. Vergonzosos. Fascistas. Pusilánimes. Mentirosos. Egoístas. Materialistas. Inhumanos. Fríos. Gélidos. Tétricos. Aterradores. Calculadores…

No puedo creer nada de lo que veo en las noticias. Mientras Aylan caía de una barca, nosotros estábamos quejándonos de que los refugiados llegan sin parar. Mientras Aylan luchaba por intentar salir a flote, nosotros decíamos que no podemos acogerlos a todos. Mientras él tragaba agua, sintiendo sus pulmones inundarse, nosotros negociábamos números. Pactábamos a cuántos podemos atender en cada país. 160.000. El número 160.001 no podrá entrar. En Europa no habrá sitio para él, porque nuestros recursos son limitados. El número 160.001, tendrá que volver a su país, a esperar a que le caiga una bomba. Y entonces volveremos a estremecernos porque Aylan ya ha muerto, pero el número 160.001 podría ser otro niño. Otro que tenga la fortuna de volver a tener nombre propio y de volver a ser fotografiado para que toda Europa y medio mundo vuelva a estremecerse un par de días, para luego girar la cabeza y seguir con nuestras vidas.

A día de hoy, no quiero ser europeo. Si ser europeo significa que tenga que poner una cifra al número de seres humanos que puede cruzar una línea que alguien trazó en un mapa y que separa el mundo con Derechos Humanos del que no los conoce, no quiero ser europeo.

Si ser europeo significa que el cuerpo de un niño llegue flotando a las costas de mi país mientras yo hago turismo,no quiero ser europeo.

Si ser europeo significa que tengo que negociar números mientras otro Aylan se ahoga en el Mediterráneo, no quiero ser europeo.

Si ser europeo es tener la frialdad de cualquier de nuestros gobernantes, no quiero ser europeo.

Pero tampoco quiero ser estadounidense. Ni argentino. Ni saudí. Ni chino. Ni australiano. Ni marroquí. Ni canadiense. No quiero ser de ningún país, porque este problema no es de Europa. Este problema es del ser humano. No quiero tener una bandera, ni un himno, ni una capital. Por bandera preferiré tener un pañuelo, con el que secar mis lágrimas primero, y con el que taparme mi rostro avergonzado después por ser una alimaña. Como himno, entonaré una canción que hable sobre indecencia, falta de escrúpulos, y dinero. Y la capital de mi país será el infierno, en el que espero no haya cuotas, porque antes o después todos tendremos que ponernos a hacer cola, pues será nuestro destino como humanidad.

Hoy, no quiero hablar de libros, de proyectos, de futuro, de sueños, ni de esperanza. No, porque Aylan guardó las suyas en el fondo del mar. Hoy, quiero gritar al señor Rajoy, a Pedro Sánchez, a Merkel, a Hollande, y a otros tantos, que basta. Que paren el carro. Que yo me quiero bajar. Que mi carnet de europeo se lo pueden dar a algún sirio. Quiero gritar a la ONU que ya está, que la broma es muy graciosa, pero que paren de hacer el paripé y de decirnos que están ahí para proteger al mundo.

Hoy, en especial, quiero pedirle perdón a una persona. Una persona que tiene que soportarnos a todos nosotros, europeos desvergonzados sin escrúpulos. Una persona que se ha convertido en el foco del mundo. No, no es Aylan, porque él está muerto y ya no puede perdonarme. Hoy, quiero pedirle perdón a su padre. A ese padre que tiene que aguantar la foto de su hijo tendido contra la arena de la playa en cada esquina. En cada periódico. En cada televisor. Que tiene que escuchar su nombre en las radios, leerlo en Internet, y dejar que retumbe en su cabeza. Perdón, aunque no lo merecemos. Perdón por no dejarle llegar a nuestros países. Perdón por no ayudar a Siria. Perdón por no haber cogido la mano de sus hijos o de su esposa y ayudarlos en el mar. Perdón por publicar la foto de su hijo, y por utilizar su nombre hoy. Perdón por no tener vergüenza. Perdón por fingir que nos preocupamos por ustedes. Perdón por no estar en la estación de trenes de Budapest ayudando. Perdón por no ofrecerle mi casa. Perdón por limpiarnos el culo con la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Perdón por ser europeos, porque Europa es la mayor vergüenza que existe, y el resto del mundo es su cómplice.

Hoy, pido perdón a ese padre por haber matado a su hijo. Porque no se les escaparon de las manos, nosotros, europeos, se los arrancamos a conciencia. Porque aunque la culpa se la echemos al mar, hemos sido cada uno de nosotros los que, cuando ese niño intentaba salir a flote, le hemos retirado la mano y lo hemos dejado morir. Hoy, todos hemos matado a un niño, y yo quiero dejar de ser europeo y, en especial, de ser humano. Hoy, hemos matado a Aylan. Mañana, ese niño tendrá otro nombre.

Hoy, no quiero ser europeo.